Menciones

Antonio Murciano González

(Poeta)

Nacido en Arcos de la Frontera. Estudió la carrera de Comercio y posteriormente se licenció en Derecho por la Universidad de Sevilla. Pertenece a las Reales Academias de Málaga, Córdoba, Cádiz y Jerez de la Frontera. Fue futbolista en Tercera División con el equipo del Arahal, después jugó en Segunda División con el Utrera. Dirigió la casa discográfica RCA Española en Madrid. Varias son sus pasiones, la poesía, el arte flamenco y en especial, El Cante. Es autor de múltiples canciones para los cantantes de la copla y el flamenco. Está en posesión, por cinco veces, del Premio Nacional de Flamenco; además, le fueron otorgados los Premios Nacional de Poesía, Juan de Mena, Juan Maragall, Ciudad de Melilla, Virgen del Carmen, etc. Ha publicado infinidad de obra poética. Este escritor y ensayista escribió lo siguiente de María Teresa:

 

MÚSICA Y POESÍA EN LA PINTURA DE MARÍA TERESA AGUILERA BAREA

“Me puse un día a soñar:
dormido escuchaba el agua
y los pájaros cantar.
De puntillas vino el alba.
Granada, mi despertar.”

“Se me vienen mis versos juveniles a la memoria cuando me dispongo a escribir sobre la pintora granadina Mª Teresa Aguilera Barea. La verdad es que hacía años que venía oyendo hablar de la pintura de Mª Teresa, – de la pintora A. Barea como gusta de firmar su arte – especialmente, a mis amigos poetas nacidos o vinculados con tan hermosa tierra sureña, desde Rafael Guillén a Guillermo Sena. Hacia años, sí, que venía leyendo reseñas, crónicas periodísticas, comentarios críticos elogiosos sobre su obra, su premio, sus exposiciones…

Por cierto, que en los últimos diez años su nombre ha saltado en numerosas ocasiones a primeros planos de la actualidad artística, sobre todo desde sus primeras exposiciones granadinas y a través de las celebradas en Sevilla –con motivo de la Expo 92-, pasando por las de Bilbao o Barcelona o Santa Cruz de Tenerife o Málaga o Melilla o incluso aquella inolvidable en la Sala de la “Pescadería Vieja” de mi Jerez, hasta llegar a la Galery-Broadway de Nueva York.

Con razón algún crítico la nombró embajadora pictórica de Granada en el mundo. Embajadora, sí, de los tonos dorados, azules, verdes de su tierra soñada, de su música rumorosa de aguas ocultas, de su mágica, sonora, luminosa poesía…

“Arrayan, cielo y cipreses,
y agua y agua y agua y agua,
azul sobre verdes,
Granada.”

La pintura de esta mujer, que está sonriendo siempre, está entrando ya, en su etapa de madurez, etapa de granazón vital y artística, de la eclosión de su personalidad, cuando ya su estilo claramente impresionista, de forma definitiva, de forma definitiva y definitoria. Parece haber terminado su periodo evolutivo, ascendente, desde aquel inicial deslumbramiento de los maestros impresionistas franceses, siguiendo luego las luces y los colores de su entorno a través de las técnicas maestras de un Sorolla, un Rusiñol o un Benjamín Palencia.

La Pintura de A. Barea es esencialmente paisajística –tanto en lo rural como en lo urbano- y como decimos, ha conseguido ya la personal visión interpretativa de su Granada más íntima, producto como ella misma confiesa, de sus paseos y contemplaciones y sueños de la Alhambra al Generalife, de su Albayzin a la Alpujarra, del Sacromonte a las riberas del Genil y del Darro, los dos ríos de Granada que aún bajan de la nieve al trigo:

«Álamos, sauces, magnolios,
rosa, mimbre, adelfa, acacia,
jardines de sol y sombra
con barandales de agua.
¡Ay Granada!”

Nada más alejado de esta pintura –empastada, engastada, engarzada principalmente en óleos y acuarelas –que lo abstracto, lo oscuro, lo surreal, lo atormentado, lo trágico andaluz; por el contrario, su mano arcángela una pincelada larga y suelta, fresca y tierna, de un delicado cromatismo que denota instinto de felicidad, ganas y ansias de vivir y de transmitir la cara alegre de la vida. Música y poesía granadina, pintadas y enmarcadas por esta artista granadina enamorada de su tierra y su gente…

 “Los cantes del Yerbabuena
y la Vela y, su campana
y el grito de Federico
y la armonía de Falla.
¡Ay, ay, Granada!…”

Esa comunión de la luz y el color a través de la música y la poesía de su espacio vital y humano, da como resultado la plasmación gozosa de estos rincones, de estos cármenes de ensueño, de estas vivas estampas alpujarreñas, de estas impresiones líricas de calles y callejas, de jardines, de estanques, de fuentes y surtidores, de blancas casitas que ascienden, y que descienden, entre el follaje y los trinos de pinzones reales y ruiseñores en celo…

 “La nieve tiene una Sierra,
y el sol una roja fragua,
que pone torres bermejas
y prende fuego a la Alhambra.
¡Ay de Granada!”…

 Porque esta pintura, en fin; cuenta y canta la Granada clara, armoniosa, ruiseñora y riente, serena y vieja y niña al par, que el visitante se lleva siempre consigo y a la que sueña volver; una pintura ésta, unos cuadros, por los que el contemplador puede adentrarse, perderse, buscarse y encontrarse a sí mismo, en su mundo y en ése mundo, esa tierra de todos…”

“Me escondí en el Zacatín,
me buscaron en Bib-Rambla,
me perdí en el Albaycín,
me hallaron en Lindaraja…
¡Ay, mi Granada!…”

Premio Nadal y Premio Planeta

En el transcurso de una larga vida poblada de curiosidades he tenido el privilegio de asistir a numerosas manifestaciones artísticas. He disfrutado del placer de recrearme en la observación y el estudio de multitud de obras de arte, tanto de ilustres pintores como de jóvenes artistas. Ello me ha enseñado que el artista es absolutamente libre de elegir la manera, estilo o escuela, no que más le plazca, sino la que mejor se acomode a sus posibilidades, a su juicio y a la orientación elegida.

Y elijo el caso de A. Barea que colgará sus cuadros, esas ventanas al exterior son los paisajes y las naturalezas muertas, en la Galería Atelier, quién quiera escribir sobre pintura debe adoptar el mismo punto de vista olvidándose del resultado del mismo paisaje considerado desde cualquier otro ángulo. Juzgar los volúmenes, la luz y la sombra, la construcción, la perspectiva, incluso la elección del tema entra en los derechos de quién se enfrenta a un cuadro, a una exposición. No es inoportuno dar entrada a un punto de literatura, de subjetivismo, a desgranar recuerdos. Ese derecho o convivencia es común al artista y al que se coloca ante los cuadros. Y viene a cuento de lo que digo porque, si todavía – como es lógico- no he visitado la exposición de A. Barea, sí conozco muchos de ellos paisajes que ha pintado y no es extraño que “oiga cantar del agua en Granada y, en particular, durante el ascenso a la Alhambra, en el patio de los Leones o en el Generalife, cuando apenas había ociosos turistas apresurados. Puedo reconocer los pueblos y las cumbres de las Alpujarras y los sotos en otoño de cualquier lugar que sorprendiera el pincel en el momento sugeridor. Andaluzas adornadas con las pinceladas coloristas que la naturaleza o el hombre (o quizá con mayor precisión, la mujer) pusieron en  ventanas y balcones.

Ya que hablo de personas, observemos que en estos cuadros no se ve ninguna porque son escenarios deshabitados, aunque los sabemos habitados; como si los pobladores se hubieran retirado momentáneamente para evitar definir ellos el paisaje al que tendrán que subordinarse cuando aparezca.

«Bienvenida A. Barea a esta ciudad de Barcelona, donde siempre han convergido artistas de aquí, de allá y de más allá todavía, entremos por la puerta, los ojos bien abiertos y el ánimo dispuesto.»

Manuel Martín Ferrand

(Periodista)

Ver para pintar

Schopenhauer, que además de alemán y romántico inspiro a Wagner, fue quien divagó –injusto- sobre los cabellos largos de las ideas cortas de las mujeres. Es más, tan convencido estaba el hombre de su teoría que cuando, puesto frente al papel, no le brotaban las ideas, mandaba llamar al barbero para que le recortara el pelo. Era la inversión cósmica, filosófica y funcional de Sansón.

María Teresa Aguilera Barea, quien viene de Granada y a Granada se dirige, puede tener el pelo como se le antoje: nazareno o rasurado. Lo suyo es el color. Tiene el alma como un arco iris y la destila para pintar. Con moño o con coletas, de media melena o de melena entera. No le cuadran las clasificaciones.

Hacía ya mucho tiempo –desde mis días creadores de “La Gaceta del Arte”- que no hilvanaba unas líneas para decir de pintor. No me gusta hacerlo. Esto del trasvase de las artes componer sintonías sobre un poema, escribir de la pintura o danzarse un bodegón es una forma de perder el tiempo, propio, lo que no va a ninguna parte, y desorientar a quienes bien intencionados quieren leer, oír o ver, lo que les empuja a la nostalgia.

Aguilera Barea pinta lo que ve. Podría utilizar una cámara Nikon con película Kodak para, por ejemplo, recordar el paisaje esférico que se divisa desde el Cubo de la Alhambra, pero ella no quiere ver así, para ver de otro modo, te da vueltas a la moviola del tiempo y filtra los paisajes por el prisma del impresionismo. Por algo se confiesa embelesada por Joaquín Sorolla –la luz de cruce, por favor- y por Pier-Auguste Renoir. En Renoir nos encontramos. En el pintor y en el hombre. Si tuviera que escoger un cuadro de sus días me quedaría con su bailarina de la National Gallery de Washington y si tuviera que tomar un ejemplo de cualquier tiempo me fijaría en su manera de pintar.

Desde cuarentón, Renoir padeció una grave afección reumática que le iba convirtiendo las manos en garras doloridas. Se ataba con cintas los pinceles a las manos por poder seguir pintando y les gritaba a los amigos: «Cuando no pueda mas, me clavare un pincel en los muñones para continuar”. Renoir, como su devota Aguilera Barea, pintaba con las ideas que le filtraban los ojos. Con el cerebro, cármenes y estanque en la Sala Triunfo -¡ojalá!- Pasen y vean. Gocen y piensen.

José Martín Recuerda

(Dramaturgo)

Una gran pintora Granadina

María Teresa Aguilera Barea es, para mí, una gran pintora granadina. Sus cuadros tienen toda la grandeza de la escuela granadina: sensibilidad, clímax, amor por el detalle, además de añadir una luminosidad y fuerza que dan fe del amor y la pasión por la vida de nuestra pintora. Partiendo de la realidad, nos devuelve su impresión, transcendida, que convierte en arquetipo imperecedero, es decir, en obra de arte. Su “realismo” esta dentro de la gran tradición española en las artes de todos los tiempos: el realismo poético, un realismo emocional y sensible fuera de cualquier pretendida visión objetiva de la “realidad”….

Por  eso miro y miro su pintura, porque me da la felicidad de pensar en mundos que no he visto. Descubro la historia de vidas humanas que están presentes o siento la calidez vivificante que María Teresa imprime en el paisaje o en sus bodegones: capacidad de humanización de la cosas hasta hacernos sentir la nostalgia del “objeto” como historia viva de aquellos que lo poseyeron y utilizaron… Me parece ver hasta las pisadas de personas que subieron los trancos de las casas, pasaron por las calles que ella sabe plasmarlas con un sentido profundamente humano.

Ángel Cobo Rivas

(Escritor)

“Solo a partir de la Revolución y el Romanticismo comenzó la naturaleza del hombre y de la sociedad a ser sentida como esencialmente evolucionista y dinámica. La idea de que nosotros y nuestra cultura estamos en un eterno fluir y en una lucha interminable, la ida de que nuestra vida espiritual es un proceso y tiene un carácter vital transitorio, y es un descubrimiento del Romanticismo…” en palabras de historiador. A. Hauser. Podría decirse que analizando el “eterno fluir” y la “lucha interminable” desde el Romanticismo a nuestros días, la sucesión de “ismos” que se han ido produciendo en la historia del Arte y la Literatura, no han sido sino una constante visión romántica: la apasionada búsqueda de la “verdad” a través de un siempre dudosa “realidad”. El Romanticismo tiene aspiración, en principio, revolucionaria, una aspiración o príncipe que, en mi humilde entender y saber, ha de animar el espíritu de cualquier creador y que –no me cabe la menor duda- es norte y guía de la sensibilidad artística de la pintora cuyas últimas creaciones podemos contemplar en esta explosión: María Teresa Aguilera Barea.

Corta es aún, pero intensa y fructífera, la labor creadora de María Teresa, pintora nacida en Granada, que vive en Granada, en un “Carmen” granadino (podría decirse que “vive y profesa en Granada”), y que siempre ha deseado, mejor dicho, ha sentido la necesidad de poner frente a nuestra mirada, hasta hacérnoslo casi táctil, el espíritu de Granada. ¡Con cuanta sensibilidad nos ha contado hasta ahora María Teresa “su Granada”, que magnifico ejercicio de pasión sometida a la disciplina y rigor técnico de la artista-pintora, para enseñarnos, en los dos últimos años, desde el lienzo o la acuarela, una riquísima realidad granadina solo posible de expresas desde la “verdad artística”!

Y he aquí que, en esta ocasión, María Teresa va al corazón de su cosmos sentimental y nos invita a contemplar, con infinita variedad de matices, lo que podríamos llamar el alma de Granada: ¡el agua¡ En esta exposición podemos ver como nuestra pintora ha asimilado el lenguaje o expresión técnico-pictórica con absoluta maestría, para “pronunciar” la palabra “agua” de tal manera que, en todos sus matices de “pronunciación” o distintos cuadros en la que es protagonista –explícita o implícitamente- se nos ha hecho visibles, casi táctil. La pintora nos ofrece, con generosidad de artista impagable, lo que parecería imposible, es decir, la visión clara de un sentimiento. El sentimiento que acertó a definir, en palabra, el poeta y que la pintora ha sabido plasmar en el lienzo, la tabla o el papel: “Granada: agua oculta que llora”. Esa “agua oculta” de la que podemos oír el tenue llanto que los pinceles de nuestra pintora, con pasión contenida, han sabido materializar hasta hacer “audible” el agua que vemos, orgulloso y hasta sensual, en su humildad, el pilarillo o la fuente hoy seca, pero caso altiva, o hasta arrogante, como regazo de pasadas aguas y memoria de las mas intimas y cálidas sensaciones que fueron quedando a su vera, en la vida y en el tiempo… Fuente, surtidor, estanque, pilar, fuentecilla, estanquillo… de la Alhambra, del Generalife, de los cármenes, plazas, atrios, claustros, plazoletas, de Granada: ¡cuán cerca habéis tenido sentir la pasión romántica de esta artista granadina de finales de siglo, María Teresa Aguilera Barea, que ha querido –y por obra y gracia de su indudable capacidad artística, ha conseguida- buscar vuestra “verdad” a través de una siempre dudosa “realidad”!

¿Y cómo, con qué medios técnicos-artísticos ha querido buscar esa “verdad” en el siempre dudosa “realidad”? Con los propios de nuestros días, es decir, con una técnica que podríamos definir como ecléctica y que desde el “realismo” incorpora un clímax que refleja una “realidad” impresionista aspira a materializar el sentimiento… Amarillos otoñales, verdes que se resisten a dejar la vida, soles que se adivinan mágicos en paisajes alhambreños y trágicos cuando parecen querer dar vida a humildes y antigua fachadas de la Granada de las placetas populares y plazas burguesas… Con una cada vez más acentuada voluntad, seguridad y fuerza de trazo, y una mayor riqueza expresiva o sabiduría en la complejidad y matización colorista, María Teresa Aguilera Barea logra – además de unas composiciones pictóricas bellísima por su colorida y buena factura formal- universalizar muchas de esa sensaciones que la persona sensible experimenta y que el creador artístico materializado y trasciende.

Fernando González

(Pintor)

Exposición de Mª Teresa Aguilera Barea en la Caja Rural de Granada.

Dotada de una gran sensibilidad como hay pocas, nos aparece María Teresa Aguilera. Impresionista integral está unida a la vida de la naturaleza y ama lo vivo con toda su fuerza y sin fronteras.

Ama la luz aporque le permite ver y sobre todo reproducir la gran obra de la vida, pintando por un puro placer sin descanso.

Su obra recoge los rincones de su Granada y su ambiente tan real que se respira la frescura que se caracteriza en cada lugar.

Tiene grandes inquietudes y muy pronto empieza a sorprender con su pintura, ama el color y pinta sin descanso porque es su única forma de encontrarse a sí misma y empieza a dejar huella en el mudo de la pintura.

En sus cuadros no existen puntos de mayor o menor importancia, los colores se suceden inflamados por llamaradas de verdes, azules y blancos luminosos de una forma tan limpia como valiente y en su forma más atrevida.

José Luis "Kastiyo"

(Periodista)

El color en A. Barea

Uno tiene, a lo largo de la vida, ocasiones excepcionales para sentirse especialmente favorecido por la fortuna. Una de esas oportunidades y uno de esos privilegios, es el de poder asomarse con frecuencia al estudio de María Teresa Aguilera Barea, esta A. Barea que hoy nos vuelve a regalar su arte esplendido en unas fecha tan significativas. Esa afortunada circunstancia me permite saborear la verdad de la obra de arte. Desde que el lienzo espera el primer toque de pincel, hasta que la artista coloca el visto bueno de su firma en un rincón de lo que ya es un cuadro formidable.

Muchas veces he podido llegar de puntillas a su estudio, con el inmenso respeto de quien admira lo que allí nace. Y he contemplado el surgir de su obra con el sosiego y la emoción de quien se asoma a la ventana que se abre a un bellísimo paisaje, en el instante milagroso de la amanecida. Se sorprende uno entonces, como cada vez que nace el día, de la manera que surge en A. Barea el trazo firme de su pincelada solida, de su empaste brioso, del concepto riguroso de su composición, de cómo construye las masas, del prodigio de sus coloraciones delicadas y expresivas, de ese lirismo e intimidad, de la dulzura, de la serenidad de su pincelar riguroso, exigente en los resultados.

  • Barea no se permite a si misma otra alternativa que la del trabajo y los nuevos retos. De ahí, sin abandonar el oleo que le ha otorgado merecido prestigio, sus acuarelas esplendidas, valientes, al mismo tiempo denunciadoras de una soltura y una fluidez que la incluyen en la mejor tradición de los acuarelistas granadinos. Ahí está su obra, aquí está de nuevo en Granada y en ocasiones solemne, esta artista que ha sorprendido en los últimos tiempos a los críticos y a los públicos de otras latitudes, desde Bilbao a Jaén, Madrid o Barcelona.

Como granadinos, como amigos y admiradores de A. Barea, nos sentimos orgullosos de su progresivo dominio del oleo y el agua, de los resultados de su esfuerzo, del rendimiento de su tenacidad. Pero igualmente de su sencillez y categoría personal que, para gozo de todos, se manifiesta siempre en su cordial, sincera y bella sonrisa.

Juan Antonio Ortiz López

El primer texto que se escribió sobre María Teresa fue realizado por Juan Antonio Ortiz López, “Tito Ortiz”. Este albaycinero fue el primero en creer en ella. Tito, al que se le conoce por escribir artículos sobre costumbres y personajes de Granada, fue nombrado para la Dirección Territorial de la Radio Televisión Andaluza en Granada, y es colaborador de Ideal y Numerario de La Asociación Española de Críticos de Arte. Así dice su comentario:

LA BUSQUEDA DE UN ESTILO

«María Teresa es una de esas vocaciones tardías en el mundo de la pintura y, por lo tanto, ciertas. Que a pesar de llevar ante el caballete sólo unos meses, ya demuestra actitudes que le predisponen a conseguir con la perseverancia, amplias metas. Se trata de un diamante que va puliéndose a base del único secreto en el arte y el más verdadero, el trabajo.

Nadie puede imaginarse lo que son capaces de hacer la soledad de un estudio y los deseos incontenibles de triunfo, en una mujer que se sabe capaz, poseyendo la obstinación inherente al autodidacta que todo lo descubre por si sólo y por primera vez. Existe en María Teresa una base firme en cuanto el dibujo, un tratamiento correcto en los temas clásicos, pero, sobre todo, su mejor virtud, es el deseo de aportar algo nuevo a la pintura, que le haga ofrecer a los demás un lenguaje propio que le sirva como tarjeta de visita. Y precisamente en ese momento le sorprende ésta su segunda muestra, en el instante reflexivo que, aunando técnica y dicción pictórica, la autora va buscando su personal camino, ese que en un futuro no muy lejano le va definir tal como ahora lo hace su propia firma.

Conseguida la base exigible, ha llegado el momento de la mutación, a través de la experimentación en estilo y técnica, para lograr en principio la satisfacción plena con el pincel en las manos. Una vez descubierto el sendero, llegará el momento de ir avanzando a base de paciencia y horas de estudio, para profundizar y depurar la melodía cromática, dando vía libre a la creatividad, y con ello, paso a lo que será en poco tiempo, su propio estilo, ese en el que María Teresa sueña y que estamos seguros alcanzará pronto”.

Antonio García Barbeito

Natural de Aznalcázar (Sevilla). Articulista en los diarios El Mundo, La Razón y ABC de Sevilla, donde trabaja desde el año 2.007. Fue colaborador del programa “Herrera en la Onda”, con Carlos Herrera, hasta el pasado 2.015. Muchas son las obras escritas por García Barbeito que, por cierto, se define como poeta, y damos fe de que es cierto, porque somos testigos de haberle escuchado una de las más bellas poesías sobre la Navidad que cualquier persona haya oído jamás. Ahondando en su obra, destacaremos dos de ellas, “El Día que Jesús no quería nacer y otros breves de Navidad” y “El tiempo de la Luz», pregón para la Semana Santa de Sevilla del año 2.010. Dice su artículo:

MARIA TERESA AGUILERA BAREA. DEL MIEDO A LA VALENTIA

Hace diez años que conozco a María Teresa Aguilera Barea. Su marido y yo fuimos compañeros de trabajo y esa circunstancia fue la que me llevó a conocer a la artista. Fui a buscarla. Desde su casa se ve Sierra Nevada; desde sus ojos se ven dulces paisajes de ternura infinita, caricia de brisa en las choperas de Granada y profundidad que –se veía venir- algún día acabaría plasmada en el lienzo. La artista me dejó entre los cuadros de su producción, pocos aún por aquel entonces. Lo primero que vi en aquella pintura fue miedo. Miedo a decir con el pincel que había una artista frente al caballete; miedo a lanzarse al vacío del cuadro para atrapar –bandolera de luces- los resplandores que olvidaba el lubricán granadino; miedo para entrar en el silencio claustral de los cármenes a robar umbrías y claridades; miedo a asustar el pájaro de cristal de las fuentes, el pájaro del agua, siempre cantarín entre flores, entre alamedas, pájaro siempre cantor metido en las venas de Granada; miedo a subir a los chopos a pintar los amarillos con el que los coronaba el otoño; miedo a blanquear la cal; miedo a tomar el arco iris como paleta. Miedo, en fin, a encerrar Granada en una inspiración.

Se defendía por entonces María Teresa diciéndonos a todos que era una simple aprendiz. El aprendiz, querida pintora, es quien más está en el camino. Por eso no dijiste una intrusa, ni una aficionada que pintaba para matar ratos. No, tú empezaste a pintar porque en las manos te hallaste un día –cuando fuera- un temblor distinto, un temblor que te arrastraba a los pinceles, a los colores, a la necesidad imperiosa de ser artista. No era matar ratos, era darle vida al tiempo, a ese tiempo que tenías delante de ti posando como el mejor modelo. Había miedo en sus cuadros. Miedo de muchacha tímida que no se atreve a enseñar su belleza y la tapada como si fuera una vergüenza. Pero ese miedo halló la horma adecuada; la valentía, la alegría, la generosidad de un hombre que fue quien le afirmó el pincel sobre la tela, le afirmó la mirada en el paisaje y le afirmó la vida en el arte; su marido, Pepe Comino, una persona ejemplar que tiene la música del arte siempre sonándole por dentro. Ese fue el empujón que María Teresa necesitaba para lanzarse. Y se lanzó.

Hoy, cuando miro sus cuadros, cuando me quedo delante de su pintura y recuerdo el bodegón miedoso que hay en mi casa –unas peras y unos peros pintados por ella hace más de diez años-, nada tienen que ver. En ese bodegón ya se adivinaba la pintora, casi se veía, pero quienes lo miramos sabemos que la artista aún está tapándose, no queriendo asomar, no queriéndose dar a conocer. Hoy, ante sus cuadros, la luz ya no se esconde, la abre, la esparce, la echa al vuelo por el cuadro. Las formas no se le encogen; se le estiran, se liberan, echan a andar.

Ha sido un camino largo, y penoso, y lleno de espinas y de sinsabores. Más nada de eso hallaremos en su obra. La artista, siempre esperanzadora, fue colocando su convicción sin que le importaran los reveses. Andar, pintar, seguir, atreverse, acabar. Encontrarse. María Teresa se ha encontrado con ella misma, y, al encontrarse con ella, nos deja que la encontremos. ¿Qué vemos al final? Una mujer, una pintora que se ha quitado los miedos y, valientemente –como debe ser- deja la desnuda verdad de su pintura para que no haya gusto pictórico que se quede sin alguna camisa de sus colores, de su luz, de su profundo gusto. De su arte.

Su obra es un camino que va del miedo a la valentía. Por prudencia, por respeto, había que recorrerlo así. Pero también había que vencerlo. Y lo ha vencido. Por eso ya no hay luz que se le encoja, ni árbol que no alcance, ni fuente que se le calle, ni color que se le vaya. Le ganaste a tu miedo, pintora. Y con eso ganamos todos.

Enrique Villar Yebra

Nació en el Albayzín, concretamente en la placeta de Carvajales. Llevó a cabo, estudios musicales de saxofón y fue alumno de la Escuela de Artes y Oficios de Granada. Trabajó con el maestro Miguel Farré, pero fue muy influenciado por Eugenio Gómez Mir, Joseph Mallord, Willian Turner y Fran Brangwyn. Autor de varios libros, es pintor de rincones de nuestra ciudad y motivos ferroviarios. Muy querido en Granada.

TEXTO DE ENRIQUE VILLAR YEBRA

He tenido una muy agradable sorpresa en mi primer encuentro con la muestra de pintura de MARIA TERESA AGUILERA BAREA, expuesta en la Galería ELVIRA. Veo a una artista muy madurada en su oficio, en los dos tipos de temática que presenta; el paisaje y la naturaleza muerta; motivos que resuelve al óleo con ejecución muy profesional, dominando los recursos técnicos con mucha soltura; con sabia alternancia de pinceles y espátula, en muy agradable equilibrio en su rico colorido que refleja con espontaneo impresionismo momentos de luces brillantes contrastadas con tonalidades sombras que dramatizan el paisaje de agrestes confines, que por primera vez, tenemos la suerte de contemplar donde la pintura logra la sensación de la atmosfera y hace real la afirmación de que una de las metas del arte pictórico es la figuración de volúmenes sobre una superficie plana. En los cuadros de naturaleza muerta, los objetos representativos, especialmente frutas y cacharros, visten colores fuertes y rotundos inteligentemente buscados los contrastes entre los colores complementarios que armonicen bien. Todo un regalo de belleza para recreo de la vista.

Matías Antolín

Nació en el pueblo de Alar del Rey (Palencia). Periodista, crítico cinematográfico y escritor, trabajó en los diarios El País, El Mundo, Diario 16, ABC, El Sol y Liberación. Escribió en las revistas Tiempo y Tribuna. Colaborador de TVE y Antena 3, también trabajó en Radio Nacional de España, Cadena COPE y Onda Cero, con Carlos Herrera. Entre sus libros publicados, destacamos “Con un crimen al hombro. Yo maté a los marqueses de Urquijo”, y el dedicado al torero “José Tomas. Torero de silencio”.

AGUILERA BAREA: CUANDO LAS PALABRAS SALEN DE LAS MANOS

Aunque un cuadro es mudo, los pintores hablan con las manos y nosotros les escuchamos con los ojos. Una tierra no es sólo un perfil orográfico y su aire respirable, también es el aliento de sus gentes. Pisa mi palabra un espacio que tiene un color especial, el que impregna María Teresa Aguilera Barea, creadora de atmósferas. Coloca el caballete para arrancar el corazón del paisaje. ¿Cómo escribir al óleo la palabra “agua”? Esta artista hace que el agua de Granada no sea incolora. Sus cuadros gotean talento. Hace visible y táctil el aroma de la tierra.

            Me deslumbra la luz cegadora de Granada. Me gustaría amasar mí prosa con la pintura sensible de esta mujer que escudriña con ojos de todos los colores los rincones de la ciudad de la Alhambra o el granado paisaje de La Alpujarra. María Teresa siente el fuego de la pasión en la llama que alumbra su inspiración, no en la ceniza. Ella plasma al óleo sus estados de ánimo al mirar aquello que choca con sus ojos y calienta sus sentimientos.

            Se trata de capturar el instante para hacer una interpretación esencialista del cuadro. Dice los que saben de esto que esta artista sigue los pasos de Fernando González, maestro de la escuela granadina. Uno atisba a ver en sus cuadros un realismo metafísico, más que mágico, un trazo impresionista, un sentido objetivador, intuyo, desde mi ignorancia en este arte, analogías con Benjamín Palencia o mi paisano palentino Díaz Caneja.

            Aguilera Barea, desde su condición de colorista nata, desde su concepción rigurosa del espacio, con el ímpetu de su luz, con su ausencia de academicismo, me lleva a Man Ray cuando expresó aquello de “fotografío lo que no puedo pintar y pinto lo que no puedo fotografiar”. Donde no llega la fotografía siempre llegará la pintura.

            Ahora estoy como parado en una esquina de cualquier exposición de María Teresa Aguilera Barea viendo pasar lo que pienso de sus lienzos. Es como asomarse al alféizar de una ventana pictórica para contemplar con pupila de asombro y admiración esas casas encaladas de La Alpujarra; ese cielo azul, limpio de contaminación, con frondosa vegetación. Pienso que su obra es una abstracción de ese paisaje o bodegón que ella trasciende con sutil tacto y fértil imaginación.

            Aguilera Barea sugiere más que describe. Sus cuadros son más sugerentes que descriptivos. Por eso me gusta más, porque así la pintura es más metafórica y menos hiperrealista. Ya he exterminado mi escrito, pero ¿Cuándo se termina un cuadro? ¿Da miedo dar esa última pincelada? A veces, lo pintado va más lejos que el pintor. Quizá sea difícil pararse a tiempo.

            Hay cosas que no se pueden escribir, solo sentir. Yo sólo quería decir que, aunque un paisaje permanezca, una mirada jamás se repite.

Tico Medina

Escolástico Medina García, nació en un pueblecito de la zona de los Montes Orientales en Granada, Píñar. Se inició con sus comentarios en «Radio Granada» y diario «Ideal». Escribió en los periódicos «Informaciones» y «Pueblo», ha sido redactor Jefe de la revista ¡Hola!, corresponsal de «Televisión Española» en México. Ha participado en múltiples programas para esta y otras cadenas de televisión. Sus premios más relevantes han sido el «Premio Ondas», en 1961, la «Medalla de Andalucía» en 2.008 y la «Medalla al Mérito en el Trabajo», en 2.017. Este trabajador incansable y embajador de nuestra tierra por todos los lugares que ha visitado, escribió el siguiente artículo a María Teresa:

Cuando hace unos años, visité aquella exposición luminosa que desde Granada subía hasta Madrid – y que fue un éxito – de María Teresa A. Barea, anoté en mi cuadernillo de campo y de guerra, a uno que tanto le gustan las palabras, que por otro lado es mi oficio:

IMPRESIONA ESTA IMPRESIONISTA IMPRESIONANTE.

Cierto. Y me ratifico todos los días, en lo que aquel día anote, – entre un viaje y otro – porque tengo cerca entre mis libros queridos, en mi estudio, ese paisaje bellísimo, lleno de luz y color, de tantas cosas, la gracia de los sentidos que me gustan tanto, de la Granada alta vista desde donde yo jugaba cuando niño y que un día, generosamente, me regaló esta artista granadina, que con sentimiento, amor – mucho amor – pinta íntimos paisajes del alma, paisanajes, mares, cometas en el fondo de los cuadros, todo lo que ya es su mundo mágico y único. Ahora, María Teresa, tan menuda y tan grande, sonriente y trabajadora vuelve a colgar su obra, que siempre es nueva, atractiva, riquísima, me atrevería a decir tan llena de color, que es musical y sonora.

            Vivo frente por frente al Museo Sorolla de la calle General Martínez Campos de Madrid, y de cuando en cuando, no siempre que quiero, me asomo despacio a inundarme del color, el calor, de esa luz vivísima y viva, sobre todo viva del pintor mediterráneo. A María Teresa A. Barea, le gusta mucho Sorolla, es su pintor preferido, Na-tu-ral-men-te, porque sin conocerlo, es su alumna más aventajada. Conoce el secreto de la paleta de aquel artista fascinante, que pintó tan luminosamente, lo que vio con el pulso de la mano en hilo directo del corazón. Eso es lo que pasa a María Teresa, nuestra paisana granadina. Flores, esquinas, casas, cosas, bodegones, la maravilla del almendro, la gloria de la glicinia… “Lo que ya han llamado – y con certeza – los caminos del color de A. Barea”. En la humildad espléndida de sus cuadros, hay un pálpito verdadero y enamorado. Andaluza total, camino de la universalidad que da el arte que todos entienden, que todos sienten, a ella le encanta y la usa con frecuencia aquella hermosa definición del maestro Borges, que un día vio Granada desde su ceguera de la mano de María Kodama y que me lo contaba el otro día en Madrid: “La belleza es ese misterio que no descifran ni la psicología ni la retórica”. Es verdad. Yo no soy, como ya se sabe, como ya se ve un crítico de arte, pero si conozco un artista excepcional de los pies a la cabeza a una legua. Es mi oficio. María Teresa A. Barea, desde la verdad íntima, luminosa e inmensa de su obra.

Guillermo Sena Medina

El siguiente texto está escrito por el poeta y crítico de arte, el jiennense Guillermo Sena Medina, del que, con anterioridad, también hemos expuesto un breve perfil.

TEXTO DE GUILLERMO SENA MEDINA

Mi doble amor, a la pintura y a Jaén, me habrían animado a escribir estas líneas si la amistad y la admiración que siento por MARIA TERESA AGUILERA BAREA no fueran motivo más que suficiente para hacerlo. Y es que supone para mí un verdadero gozo hablar, por descontado que elogiosamente, de la manera de interpretar el paisaje de esta artista granadina que, por primera vez, tenemos la suerte de contemplar en esta tierra tan llena de bellos paisajes olivareros, serranos y urbanos. Paisajes que, en buena medida y cómo podemos comprobar en varias obras expuestas, han conseguido atrapar la colorista paleta de nuestra pintora.

            La pintura de MARIA TERESA es una continua primavera. Una musical primavera tan llena de brillantes colores, encendidos contrastes y afinadas percepciones que no sé porque me suenan a Vivaldi. Será por esa tremenda sensación de alegría que irradia su arte –música y pintura-, alegría que falta en nuestros días y que tanta falta nos hace. Pienso que valen mis versos para esta ocasión plástica en la que “alegre nos llega la primavera”, al tiempo que su pintura, digo “su música camina por la ruta/bucólica, serena, verdadera”. Creo que sí, que valen mis versos                   

“Árboles, fuentes, flores en certera
resurrección pictórica impoluta;
elevan hasta el cielo la absoluta
revelación de la estación primera”.

 

            Dentro de la pintura granadina actual AGUILERA BAREA ha conseguido un lugar destacado, desarrollando una espectacular carrera gracias a su impresionante facilidad para aprender, su incansable afán de trabajo y su amor a la pintura. En poco tiempo ha cosechado señalados éxitos en Madrid, Granada, Bilbao y otras ciudades, destacando su participación en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo, “ARTE-SUR” Granada 1995, que tan buenos recuerdos nos ha dejado.

            Nuestra artista no deja de sorprendernos y, últimamente, lo ha hecho con la presentación de su dominio, casi infuso, de la técnica a la acuarela. De la noche a la mañana ha conseguido trasladar al papel, con parigual soltura, las primorosas perspectivas que Granada –y ahora Jaén- y su entorno ofrecen para esta pintura al agua llena de matices, delicadeza y precisión. Sin las cuales es imposible que se consigan obras de arte como las que tenemos frente a nosotros. Es esta práctica de la acuarela una de las que gozan de mayor predicamento y de más adeptos, pudiendo hablarse de una auténtica escuela granadina de acuarelistas a la que ya –y felizmente- pertenece nuestra artista.

            Decía al principio que amo a Jaén. Cualquiera que me conozca lo sabe. Hasta un amigo – Jacinto Martí – me dedicó un libro diciendo: “Al jiennense más jaenero del mundo. Que tiene una aceituna por corazón”. Exageradillo, pero agradable. Por eso, porque amo a mi tierra, me gusta que mis amigos vengan a verla, a disfrutarla, a comprenderla, máximo cuando se trata – como en este caso – de una bella pintora que sabe mirar con los ojos del corazón mandando a su pincel para que deje constancia de lo visto. Y, a la vez, disfruto con mostrar a mis amigos jienneses las cualidades plásticas de otros amigos – de MARIA TERESA AGUILERA BAREA, que esta primaveral ocasión – nacidos en Granada, pues ya saben que Jaén y Granada son tan hermanas que también en pintura puede decirse que se adunan en el común sentir de Andalucía.

El siguiente poema, fue escrito por el mismo autor con motivo de la exposición en “El Corte Ingles” de Granada:

                       

“Versos te mando, por faltarme rosas,
y te auguro con profunda alegría
otro éxito en la nueva Galería”.